“AHÍ TIENES A TU MADRE, AHÍ TIENES A TU HIJO” por Paula Pontones

  En la recta final de la celebración de San Juan Evangelista, mañana jueves, publico un nuevo articulo relacionados con esta festividad.

  Hoy colabora conmigo Paula Pontones Arellano, quien es Diputada de Juventud en mi Hermandad de la Estrella.

   Paula, de corazón, muy agradecido.


“Ahí  tienes a tu Madre, ahí tienes a tu hijo”

“Hijos míos, amaos entre vosotros”, solía decir San Juan Evangelista, el más joven de los Apóstoles y a quien se distingue como el “discípulo amado de Jesús”. Fue quien acogió a la Virgen María en su casa y es patrón de teólogos y escritores. Su fiesta se celebra cada 27 de diciembre.

Juan evangelista conformó junto con Pedro y Santiago, el pequeño grupo de preferidos que Jesús llevaba a todas partes, y que presenciaron sus más grandes milagros. Los tres estuvieron presentes en la Transfiguración, y presenciaron la resurrección de la hija de Jairo. Los tres presenciaron la agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos; y junto con Pedro, se encargó de preparar la Última Cena.

A Juan y su hermano Santiago les puso Jesús un sobrenombre: “Hijos del trueno”, debido al carácter impetuoso que ambos tenían. Estos dos hermanos vanidosos y malgeniados se volvieron humildes, amables y bondadosos cuando recibieron el Espíritu Santo. Juan, en la Última Cena, tuvo el honor de recostar su cabeza sobre el corazón de Cristo. Fue el único de los apóstoles que estuvo presente en el Calvario. Y recibió de Él en sus últimos momentos el más precioso de los regalos. Cristo le encomendó que se encargara de cuidar a la Madre Santísima María, como si fuera su propia madre, diciéndole: “He ahí a tu madre”. Y diciendo a María: “He ahí a tu hijo”.

Me sitúo en la escena de ver Juan por primera vez a Jesús. ¿Qué mirada se cruzó ahí? Le dice Jesús: ¿Qué buscas? Él respondió: Maestro, ¿dónde vives? Jesús le dice: “Ven y lo verás” Fue, pues, vio dónde vivía y se quedó con Él aquel día. Era más o menos la hora décima (Jn. 1, 38-39)

Como de fuerte tuvo que ser ese encuentro personal para que el evangelista relate hasta la hora en la que fue. Cuando alguien tiene un encuentro personal con el Señor no queda indiferente, cualquier detalle es imposible de olvidar.

Me encanta ver como no es Juan quien sale al encuentro, sino es Jesús quien lo busca a él. Y, cuenta al detalle lo vivido esa semana, casi día a día y  que concluye con la manifestación de la gloria de Jesús. María, al igual que Juan, está presente en el primer milagro que manifiesta la gloria  de Jesús.

Cuando Jesús convida a sus discípulos a que vayan a su casa imagino que allí estaría María. Juan pudo vivir ese “Haced lo que el os diga” en Caná. Después de esto, creyeron en Él y lo acompañaron a Cafarnaúm con su madre, sus hermanos y discípulos. (Jn. 2,12)

San Juan era judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien era pescador. Fue él elegido para acompañar a Pedro a preparar la última cena, donde reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús. ¡Cuánto tenemos que aprender de Juan! Escuchar el latido del corazón de Jesús. Imagino no entender las palabras de Jesús, ”uno de vosotros me entregará”. Que intimidad la de estos amigos, que acercándose a su corazón le pregunta. Te invito a que preguntes a  Jesús, en esa confianza de amigo;  ¿Cuántas veces estamos faltos de vino?¿cuántas veces nos falta amor? Si estas buscando acercarte a Dios…por qué no recostarte en su corazón. ¿Alguna vez te has puesto sobre su pecho y lo has escuchado?

No puedo parar de imaginarme cuántas veces Juan vería a María recostarse en el pecho de Jesús.

Juan vivió con Jesús la oración en el huerto de los Olivos. Juan no supo hacer oración esa noche, se quedó dormido, pero aún así, no lo dejó solo. ¿Cuántas veces nos cuesta orar? ¿Sabes hacer oración? Lo único que te pide Jesús es estar, simplemente.

Juan, en la Última Cena, tuvo el honor de recostar su cabeza sobre el corazón de Cristo. Fue el único de los apóstoles que estuvo presente en el Calvario. Ponte en situación, párate un momento, piensa en qué momento te encuentras… ¿la cruz te pesa para caminar?, ¿estás viviendo fuerte la hora del dolor? ¿estás padeciendo una enfermedad? ¿ te encuentras sumido en desesperación?…en la situación en la que te encuentres ,mira a Juan; estuvo al pie de la cruz con la Virgen María. Recibió de Él, en sus últimos momentos, el más precioso de los regalos. Cristo le encomendó que se encargara de cuidar a la Madre Santísima María, como si fuera su propia madre, diciéndole: “He ahí a tu madre”. Y diciendo a María: “He ahí a tu  hijo”. Imagino que si Juan es llamado el “discípulo amado de Jesús” es por este motivo. Al pie de la cruz, que momento tan duro, Jesús hace el mayor de los regalos a quien ama, amó hasta el extremo. Juan acepta el regalo y se la llevó físicamente a su casa como Madre para honrarla, servirla y cuidarla en persona.

Hermanos míos, cómo no mencionar mi experiencia personal, la pasada Estación de Penitencia, cuando pude vivir en mi propia carne como Jesús Eucaristía me decía  “ahí tienes a tu Madre”, cómo me regaló a su Madre para que la llevara a mi casa y me daba la misión de honrarla, servirla y cuidarla con mi propia vida.

Y  la suerte fue, que todos mis hermanos de la Estrella,  cantaban conmigo diciéndole Sí a Jesús y bienvenida a María gritándole Madre. (https://www.youtube.com/watch?v=WBs2Vk501Mw)

A veces somos un desastre, casi siempre nos equivocamos, somos frágiles, sensibles, temperamentales, de carácter impetuoso, vanidosos y malgeniados. Al igual que comentaba al comienzo del artículo, algunas características de Juan y Santiago, pero ellos se volvieron humildes, amables y bondadosos cuando recibieron el Espíritu Santo. Hoy, estoy convencida, que si acogemos  a María como Madre y compañera de vida, fijándonos en su mirada a Jesús, tras verle por primera vez la carita recién nacido, curándole las heridas cuando se caía de niño, preparando su mochila el día que le dijo “me voy al desierto”, esos novios sin vino, ese buscar su respiración mientras lo tenían preso, esa mirada de verlo en el calvario cuando se cae con la cruz, esos ojos clavado en la cruz…cómo miraría María a Jesús para decirle : Mamá cuida a todos estos…; el Espíritu Santo actuará en nosotros.

María es la obra más perfecta de Dios Padre, confianza, es su debilidad, el primer sagrario, la Mujer por excelencia,…y todo lo guardaba en su corazón. Hoy tú y yo, tenemos una misión y un regalo. Somos ese discípulo joven, somos Juan, debilidad de Jesús y de María, evangelizadores de próximas generaciones, futuro de nuestra Hermandad. Sin nosotros unidos en Jesús y María, no tiene sentido todo esto. Debemos acompañar a Jesús, ir y ver dónde vive y quedarnos con Él. Acompañarle en su día a día e ir a orar.

Os invito a reflexionar, ¿cuál es el futuro de mi Hermandad? ¿Qué deseo para mi Hermandad? Cuándo ya no estemos, ¿vendrán otros?

Me asusta pensar que esto se quede en una simple Estación de Penitencia. Pues es el broche de oro de una vivencia en el día a día de contemplar en todo a Dios, en lo cotidiano de mi vida, en la sencillez, en la oración y en una cálida vida de familia, al estilo de Nazaret.

Hermanos, la Hermandad es mucho más, es el regalo de Jesús en la Cruz, es por María al Señor. Así lo hizo Juan y no le fue nada mal.

Según señala San Jerónimo cuando San Juan era ya muy anciano se hacía llevar a las reuniones de los cristianos y lo único que les decía siempre era esto: “hermanos, ámense los unos a otros”. Una vez le preguntaron por qué repetía siempre lo mismo, y respondió: “es que ese es el mandato de Jesús, y si lo cumplimos, todo lo demás vendrá por añadidura”.

Paula Pontones

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