LA MIRADA DE LA VIRGEN por José Luis Bonaño

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  El pasado fin de semana y dentro de los actos que conmemoran el Centenario de la Coronación de la Virgen del Rocío, ha tenido lugar en la aldea de Almonte una procesión extraordinaria de la Santísima Virgen.

  Con este bonito acontecimiento como telón de fondo y habiendo estado presente este fin de semana en el Rocío, hoy colabora con esta web D. José Luis Bonaño Serrano, periodista onubense afincado en Madrid, cofrade y rociero, que entre muchas otras cosas, edita el blog cofrade  “PASIÓN Y GLORIA” para Alfa y Omega y que actualmente trabaja como fotógrafo y editor audiovisual en la Delegación de Medios de Comunicación Social del Arzobispado de Madrid.

José Luis, de corazón, muy agradecido

José Luis Bonaño en la Hdad. del Rocío de Madrid. octubre 2017.

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La mirada de la Virgen

  Caía la noche y el aire traía impregnado un aroma diferente. No era la brisa perfumada de la marisma, ni tampoco aquel que se presenta en forma de promesa a través del olor a cera quemada.

  El aroma que rondaba por el Rocío destilaba ilusión. Traía acoplado a su espalda el nerviosismo de todo un pueblo, de toda una generación de devotos que iban a presenciar de nuevo (y recordando los pasos de sus mayores), cómo su Madre volvía a convertirse en el epicentro de sus vidas.

  La ermita lucía más bonita que nunca. Y sus arenas… Comenzaban a acumular las pisadas de miles de peregrinos que llegaban de todos los lugares con tan sólo una sonrisa, una plegaria y un beso lanzado al aire como equipaje.

  No era día de fiesta. Ni de cante, ni de vino. Tampoco de medallas ni de cintas en el sombrero. Sólo estaba Ella. Perfectamente alineada en el centro del altar. Esperando con ahínco la llegada de sus hijos. Esperando con ganas ese momento especial… Porque es ahí, cuando el tiempo se para. Es ahí, donde lo imposible se vuelve posible. Y es ahí, donde la vida cabe exactamente en una gota de sudor, en el botón roto de una camisa almonteña o en la lágrima que resbala por una mejilla amiga.

  Así estaba preparado. Y así se cumplió todo. Sin más. Porque estaba escrito.

  Las manecillas del reloj retrocedieron cien años en la aldea. Y tras el rezo del Santo Rosario, el paisaje pareció tornarse en sepia, como si se convirtiera en una de esas añejas fotografías que relatan un Rocío que nunca volverá.

  La respiración de la ermita bailaba al compás de las palmas entre las añoradas bambalinas de su paso. La luz del interior jugaba a reflejarse en la corona de su pueblo y la belleza de su mirada… Se hacía más coqueta gracias al traje de los Montpensier, el rostrillo de Muñoz y Pabón y las florecillas de sus esquinas.

  Y sin esperarlo, como un leve suspiro, la Virgen salió a la calle. Y como si de un Lunes de Pentecostés se tratara, las emociones comenzaron a aflorar. Las lágrimas brotaban con los primeros vivas. Las voces se quebraron con los primeros acordes y los llantos, comenzaron a llenarse de gozo y de alegría. Gozo que duró ocho horas. Ocho benditas horas. Hasta que su gente dijo basta. Hasta que Ella dijo basta.

  Fue entonces cuando las puertas se cerraron. Los vivas retumbaban en el eco de sus paredes y los abrazos sinceros se multiplicaban. Fue entonces cuando todo acabó. La Blanca Paloma volvía a su casa y su pueblo, regresaba por el camino de vuelta, una vez más, lleno de fe y de Rocío.

  En ese momento, justo en ese instante, recordé a mi abuelo y recordé la gran pregunta que siempre me hace cuando hablamos de Ella: “¿Qué tendrá el Rocío para que todo el mundo acuda a él?”

  Y yo, me respondí lo mismo que le sigo respondiendo a él:

                                  “Su mirada, yeye. La mirada de la Virgen”.

José Luis Bonaño.

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