DEL TRIDUO DIVINO A LA PASIÓN TERRENAL por Enrique Solanes Aller

Foto: @Comunihdad. Cristo de los Doctrinos de Alcalá de Henares.

 

 

Me pidieron que diera rienda suelta a mi razón para que mi mano dibujara en palabras algo que saliera de lo más íntimo del corazón, bien por la tristeza que mostraban mis ojos, bien porque como los pequeñuelos al escribir, no incordio. Fuera como fuese, acepté como siempre. No busqué ideas, ni palabras, ni me encomendé pues era tanta mi desgana y abatimiento por lo que la pandemia traía consigo, que entre sueños y medio en vela, se plasmaron las letras de por sí.

Sin motivos, cansado, agotado y casi habiendo perdido la esperanza de luchar, noté lo que cualquier ser apenas pudiera calificar al decir pasión de vivir. Como nazareno, ya sabía al igual que todo hermano, pues este año no se formaría Cofradía para salir en Procesión.

Independientemente de si una persona es o no religiosa entenderá que el presente texto debe leerse desde lo más profano de lo meramente humano, hasta los trances más divinos que pudiera padecer aquel hombre de Nazareth llamado Yeshúa y al que conocemos como Jesús.

Fue por tanto, que una noche a medias entre el insomnio y el duermevela, las ideas no dejaron que cayera del todo en los brazos de Morfeo para unos o en el cuidado por los cuatro ángeles que custodian mi cama y mi descanso para otros.

Pero fue entonces cuando la calma quiso como juez de la contienda al azar para que mis ideas tornaran locura y cabalgaran entre la insensatez y el deseo, para llegar a dar con mis pensamientos en el desdén más absurdo: permitir que la angustia por lo que vivimos estas fechas se diluyera con los tres días de la pasión Pascual, constituida por nuestra penitencia ante este virus, el amor fraterno de todas las personas de bien no pasa sí y la pasión de quiénes sólo luchaban entre infectarse o morir.

Si a estas alturas el lector no hubiera caído ya en dejar de intentar comprender lo que el texto pone, comprenderá ahora lo que en confinamiento unos y otros, llevamos pasado ya.

Cómo cualquiera de las procesiones que salen el Miércoles Santo que es jornada de penitencia, así nos parecía la pesadilla que desde el este al oeste toda la humanidad padece. Parecía que el tiempo dilataba su llegada incluso que la frenara para nunca llegar pero lo consiguió y a cada rincón, no solo de nuestro país, sino también de nuestra alma.

 

Foto: @Comunihdad. Nazarenos de la Hdad. de la Sagrada Cena de Sevilla 2019

 

Fue entonces cuando empezamos a preguntarnos qué mal habíamos cometido para percibir aquella enfermedad que traía consigo el llamado, mal llamado ajuste económico, con las repercusiones de lo social que también la acompañaba.

Sin saber cuál era el dolo apenas entendíamos cuál la solución.

La luz del día dio paso a la tiniebla, la paz al silencio prolongado, la alegría al llanto y los hospitales se llenaban de profesionales sanitarios que no daban abasto al intento de atención para sanar, la policía salía a la calle para recordarnos que la mejor alternativa era quedarse en casa incluso a nosotros los nazarenos, que sabemos salir cada Semana Santa acompañar a Nuestro Señor y a su Madre.

Nazarenos que esta vez no menos andantes del dormitorio a la terraza vamos con la cruz de la incomprensión por la pérdida de un ser querido o un amigo, ya en muchos casos del trabajo, intentaban querer blandir la esperanza de que tan solo sería la pesadilla de una noche, anhelando que al día siguiente todo se habría arreglado.

Sería como el romper de un Jueves Santo en su más sentida fraternidad, cuando los profesionales sanitarios exponen su vida para intentar salvar la de otros, la policía ayuda a las ancianas a llevar las bolsas de la compra a casa y acompañando a los niños en los cantos desde las terrazas, los bomberos no olvidaban su labor, las cajeras y reponedores de supermercado estaban porque tuviéramos algo para comer aunque fuera de esos alimentos mal llamados de primera necesidad, el resto de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado apoyaban a cuantas labores eran necesarias y el ejército, que jamás nos ha dejado de lado, siguió haciéndolo.

 

Foto @Comunihdad. Nazarenos de la Hdad. de Los Gitanos de Madrid. 2013

El Señor estuvo más presente aunque por precaución cerraban las iglesias y nosotros nazarenos no lo entendíamos pero lo curioso es que sentíamos a Dios mucho más si cabe a nuestro lado en la calle acompañándonos: fue cuando a falta de calle los balcones se nos llenaron de música, de arte y de lírica que cantaba flamenco, se llenaban de aplausos a punto de entrar en la Semana Santa, y en pleno corazón de Sevilla, los improvisados pasos que cruzaban de balcón a balcón a voces de levantá, al Cielo, mis valientes… entre maniguetas y faroles de cartulina nos hacían sentir las Saetas del sufrimiento.

Llegábamos al Viernes Santo lleno de dolor y muerte, pero adelantado en el tiempo, la que nos dejaba entre el silencio y el recuerdo lleno de amor, aquellos que se marchaban de nuestro lado y de los que no nos podíamos despedir, sin un hasta siempre. De la misma forma que los apóstoles se dispersaron también lo hizo esta pandemia a nosotros, nos dejó entre la entre la incredulidad y el agradecimiento de la Verónica, reflejo del dolor de aquel hombre de hace más de dos mil años. Esta vez hubo muchas Verónicas que en los hospitales tuvieron que dar las malas noticias, fueran hombres o mujeres todos profesionales sanitarios.

Cuántas madres como María al pie de la incomprensión y acompañada por las mujeres, solo tenían por palabra la oración, como el discípulo que más amaba a Jesús, no alcanzamos a comprender que cuanto nos habían dicho se hubiese empezado a cumplir, que la sociedad tal y como la conocíamos hasta entonces, muy posiblemente no volviera a existir.

Con cada cifra que conocíamos, de la misma forma en la que otras batallas anteriores la historia del hombre cambiaba aún más y este tenía la sensación que por momentos, se nos enterrara dentro de un sepulcro y corrieran la losa para cerrarlo.

Quizás equivoque mi duermevela en el que esto se produjo, pero la sensación y quizás deseo que tengo es que religioso o no, todos debemos unir nuestra solidaridad ahora que la vida nos ha hecho cambiar y ser de nuevo un poco más empáticos, más humanos y sin más, compartir para salir adelante. De no hacerlo así, la crisis sanitaria y económica, se hará social de manera irreversible, donde todos tenemos que perder.

Quizás por eso, quiera apoyar desde aquí públicamente la idea de una Magna Semana Santa 2020 a cara descubierta como acto puntual cuando esta pesadilla acabe, como agradecimiento al Cielo de lo que muchos han hecho por nosotros y como petición del eterno descanso de los que no estarán con nosotros ya, salvo en el corazón, que es donde siempre estuvieron.

¿O es que acaso no sería ese un buen «Domingo de Resurrección»?

Kike Solanes

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